14 febrero, 2017

EN SAN VALENTÍN, UN REGALO PARA MIS LECTORES





Para celebrar el día de los enamorados, y para que todos los que no pudisteis asistir al VII Encuentro RA tengáis la oportunidad de leerlo, os dejo el relato corto que aparece en la III Antología RA, recopilación de relatos de diferentes autoras que se entregó a los asistentes a dicho encuentro.

Espero que os guste.






EL AMIGO INVISIBLE

 «Maldito encargo», refunfuñó Mara con disgusto al entrar en los grandes almacenes.
¿Por qué tenía que ser el alma cándida que cedía a los ruegos de todos? Pero cuando Sonia le pidió que le hiciera el favor, ella no tuvo valor para negarse. No se le negaba la ayuda a una amiga que se encontraba lesionada y sin poder moverse de casa por mucho que ella se lo hubiese buscado.
Mara siempre le aconsejaba que se olvidase de practicar deportes peligrosos, a los que su novio era tan aficionado, porque no tenía aptitudes para ello; sin embargo, Sonia era incapaz de negarle nada a Marcos aunque corriera el riesgo de romperse la crisma, como casi había hecho.
Y allí estaba ella, comprando el regalo de cumpleaños para el novio de su vecina y amiga. Lo que no sería ningún problema si ese regalo no fuese tan especial: nada menos que un tanga masculino con el que Sonia quería sorprender a Marcos.
Pero el disgusto de Mara no era solo por esa razón. La entidad bancaria en la que trabajaba se había unido a otra para formar un consorcio y circulaba el rumor de que se iban a cerrar algunas sucursales en la ciudad y a despedir a  trabajadores; y ella tenía todos los números para que le tocara el despido al ser una de las últimas incorporaciones. O sea que, en breve, se encontraría engrosando las temidas listas de parados.
La central de Madrid enviaba a un nuevo director de zona para realizar el trabajo sucio, y al buen señor decidió elegir la tradicional cena de empresa por Navidad que se había adelantado dos semanas por esa causa para presentarse; y para colmo, lo habían incluido en el «amigo invisible», con tan mala suerte que le tocó a ella la papeleta con su nombre. Ahora, al desasosiego que sentía, se le unía el dilema de qué regalar a una persona que no conocía y que podría despedirla al día siguiente.
Esa era la cuestión que venía aplazando durante días y que debía resolver sin falta en las próximas horas, porque esa misma noche se celebraba la cena y debía llevar el regalito de marras. Tras darle muchas vueltas, y en un alarde de masoquismo práctico, había pensado comprarle una pluma, regalo práctico y políticamente correcto con el que, además, podría firmar su despido.
Así que, lo primero que hizo fue pasarse por la sección de artículos de papelería donde eligió una elegante estilográfica. Una vez resuelto ese problema, se decidió a afrontar el otro reto.
Armándose de valor, se dirigió a la sección de ropa interior masculina y comenzó a buscar en las estanterías. El que la zona estuviese bastante despoblada le causó un gran alivio. Con un poco de suerte, encontraría lo que buscaba y se marcharía lo antes posible.
Después de diez minutos de infructuosa búsqueda, y tras haber abierto un sinfín de cajas y revisado todo lo que tenía a su alcance, se decidió a buscar a alguien que le ayudara. No vio a ningún dependiente cerca y torció el gesto con disgusto. «Cuando no les necesitas están pegados a ti como un chicle a la suela del zapato», reflexionó irritada.
Buscó con la mirada hasta que divisó a un hombre trajeado que estaba doblando un suéter con pulcritud y colocándolo sobre una alta pila. Se dirigió a él y le preguntó con sarcasmo:
—¿Sería tan amable de atenderme?, si no está demasiado ocupado en estos momentos.
El hombre la miró sorprendido. Pronto se repuso y esbozó una media sonrisa que le quedaba perfecta en su atractivo rostro.
—Será un placer. ¿En qué puedo ayudarla? —Se acercó solícito.
—¿Tienen tangas de caballero? —pidió Mara bajando la voz. No le agradaba que todos supieran lo que estaba buscando.
—¿Cómo dice? —El gesto de extrañeza resultó bastante cómico. Parecía que era la primera vez que oía hablar de eso.
Mara carraspeó para aclararse la garganta. La verdad era que el imaginar a Marcos con eso puesto le causaba una risa tremenda, sobre todo porque Sonia le había confesado que confiaba en que él le hiciese un striptease en toda regla.
—Tangas de hilo, esos que llevan como un cordoncillo por detrás que se mete en… en… —intentó explicarle, acompañando sus palabras con un descriptivo gesto que la hizo sonrojarse.
—¡Ah, sí! Ya entiendo. Deben de estar por allí —señaló con la mano hacia la misma zona donde ella había estado antes buscando; y comenzó a caminar con paso inseguro.
Mara fue a decirle que ya había hecho ella un exhaustivo reconocimiento del lugar sin ningún resultado, pero decidió callar. Puede que con las prisas por acabar lo antes posible lo hubiese pasado por alto. Con todo, no se le veía muy preparado para ese trabajo, pensó Mara. Sería un empleado reciente que no estaba familiarizado con la sección.
El hombre estuvo buscando durante unos minutos hasta hallar lo que ella pedía. Cuando lo encontró, abrió un envoltorio y sacó el trocito de tela con gesto triunfal.
—¡Aquí está! —dijo sonriendo de oreja a oreja.
Mara se quedó algo turbada al ver aquel pequeño triángulo de un rojo brillante, del que partían unas finas cintas elásticas que se unían en la parte posterior.
—¿Era esto lo que buscaba? —preguntó él al observar su indecisión.
—Sí… sí, eso mismo. ¿De qué colores los tienen?
—A ver… Aparte de este, los hay en blanco, negro, con cuadraditos y… en estampado de leopardo. —Lo sacó de la caja y se los enseñó—. Mire qué bonito, ¿no le parece?
Marcía sintió que se acaloraba aún más. Debía de estar como una grana y, al parecer, el hombre se lo estaba pasando de maravilla con su incomodidad. Por suerte, el dependiente parecía gay, lo que le aliviaba un poco el bochorno.
Los gais eran como amiguitas a las que se les podía contar todo, ¿no? Ningún hombre con esa cara, ese físico y trabajando en un sitio así, podía dejar de serlo.
«Un total desperdicio», reconoció Mara con un suspiro. Hasta le daba un aire a George Clooney, aunque mucho más joven.
—¿Y de qué talla los quiere? —le preguntó él al ver que se había quedado extasiada ante el salvaje estampado.
—¿Talla? —repitió Mara. Se encontraba bajo los efectos de la impresión. Parpadeó varias veces y se centró—. Pues no sé… Verá, no es para mí… Quiero decir, que no son para nadie que conozca. Bueno sí, lo conozco, pero no soy yo la que se lo va a regalar; es más, me parece una vulgaridad y... En fin, que es un encargo de una vecina que no ha podido venir porque tuvo un accidente el fin de semana haciendo escalada y está en cama y, como son para su novio, pues… por eso no tengo ni idea de la talla que usa… —Calló de repente. ¿Por qué estaba dando tantas explicaciones?
—¿Su vecina le ha dado detalles de…?
Mara lo interrumpió. El tema se estaba poniendo demasiado escabroso.
—Ni lo ha hecho ni yo se lo he preguntado —contestó muy digna.
Él meditó durante algunos segundos.
—Eso complica las cosas, es cierto, aunque nada que no se pueda resolver. Yo optaría por la talla mediana. De esa forma no le sobrará demasiado si quien va a ponerse la prenda no está muy desarrollado en… esa zona, ya me entiende —y con la mano se señalo la entrepierna.
Mara prefirió no decir nada y se limitó a hacer un gesto de afirmación con la cabeza. Él prosiguió con su teoría:
—…Y, por el contrario, le quedará provocativamente escaso si es tan afortunado de poseer unos grandes atributos; lo que siempre es de agradecer —y dejó escapar un revelador suspiro.
«Lo que yo decía, gay perdido. Aysss…»
—Tiene razón. En ese caso, me llevaré el mediano y, si es posible, en estampado de leopardo.
«Eso, el más hortera. Y espero que a Marcos le sobre tela por todos lados», se dijo con malicia. Ya que Sonia le estaba haciendo pasar ese mal rato, que se fastidiase si no le gustaba el dichoso tanga.
—Le alabo el gusto, señorita. Yo también lo elegiría para regalárselo a mi novio… o para el novio de un amigo. Sería como tener a Tarzán en casa —comentó con picardía.
«Estoy haciendo el ridículo más espantoso. Y lo tengo bien merecido por ser una bobalicona. Con los fracasos que me he llevado y no aprendo a decir que no», se repitió Mara.
—Envuelva los dos para regalo, por favor —pidió, entregándole también el paquete que contenía la pluma.
—Para eso debe ir a caja central, que está en aquella dirección —señaló—. No tiene pérdida.
—Gracias.
Mara cogió ambos artículos y se marchó rápida en la dirección señalada. Al final del pasillo dudó y miró hacia atrás. El hombre le indicó con un gesto que girara a la izquierda. Ella le sonrió a modo de agradecimiento y él la saludó con la mano.
«¡Qué ricura! Es una lástima que no le gusten las mujeres», y volvió a suspirar.
El teléfono sonó en ese momento. Su madre la llamaba. Descolgó y siguió andando.
—Dime, mamá.
—Hola, cariño. Quería preguntarte si vas a venir mañana a comer.
—No. Esta noche tengo la cena de empresa y seguro que me acostaré tarde. Mejor el domingo, si no te importa.
—Está bien. ¿Qué quieres que prepare?
—Cualquier cosa me gustará.
Cuando llegó a la caja central y dejó los dos paquetes sobre el mostrador, advirtió que ambos eran de dimensiones similares.
—Espera un momento, mamá —y dirigiéndose a la dependienta—: Por favor, envuelva este en papel rojo y el otro en azul —pidió Mara. Solo faltaba que le regalase el tanga al nuevo director. Su cabeza iría directa a la picota.
—Por supuesto, señora.
—¿Decías…? —reanudó Mara la conversación con su madre.
—Que si te gustaría salir a comer fuera. No me apetece ponerme en la cocina con el buen tiempo que hace.
—Por mí encantada.
—Muy bien. Ah, y te he enviado por whatsapp las fotos de Marina. ¿A que está preciosa?
Mara miró las fotos, diez en total. La hija recién nacida de su hermana era un tesoro.
—Sí que lo está. Y cada día se parece más a la madre.
Mara advirtió que la dependienta había terminado de envolver los artículos y le dio la tarjeta.
—Te dejo, mamá, que no me puedo entretener. Tengo hora en la peluquería y después paso por casa a cambiarme.
—Que te diviertas mucho. Y no cojas el coche. Regresa en taxi o pide a alguien que te acerque a casa.
—Lo haré. Hasta el domingo.

Con casi media hora de retraso, Mara llegó al restaurante y saludó a los compañeros como si hiciera meses que no se veían.
—¿Ha llegado ya el jefazo? —preguntó a Miguel, el subdirector.
—Estaba aquí el primero. Es aquel del traje oscuro que está hablando con Paloma; que, por cierto, no se le ha despegado desde que llegó.
Como estaba de espaldas, Mara miró en la dirección que le indicaba sin alcanzar a verle el rostro. «Planta bien. Alto, espalda ancha, largas piernas… y el traje le sienta de maravilla», reconoció.
—Nuestra querida Paloma haciendo méritos, como es su costumbre —comentó Mara. Seguro que a ella no la despedían y eso que habían entrado casi al mismo tiempo.
—Y que lo digas. Ven que te lo presente. Parece un tipo majo.
Mara accedió a regañadientes. No quería parecer ansiosa, pero tampoco debía mostrarse desinteresada o crearía mala impresión.
—Daniel, permíteme que te presente a Mara Carbonell, del departamento jurídico —dijo, al tiempo que le tocaba en el hombro.
Él se giró al oírlo y Mara se quedó boquiabierta. ¡Pero si era el dependiente que la había atendido en los grandes almacenes unas pocas horas antes! ¿Qué hacía ese hombre aquí… o allí? Estaba confusa. ¿Era una broma? No lo parecía, luego ella se había confundido. ¿Se podía ser más tonta?
Se dio cuenta de que él alargaba la mano y se la estrechó.
—Un placer, Mara.
—Lo mismo digo, señor Martín.
—Daniel, por favor; somos compañeros de trabajo.
—Como gustes.
Mara confiaba en que no recordase lo ocurrido, aunque la sonrisa cómplice y la mirada divertida daban a entender que la había reconocido y que estaba disfrutando con su apuro.
—Mara es una de nuestras últimas incorporaciones, como ya sabrás, y en poco tiempo ha conseguido muy buenos resultados en su sección —comentó Miguel, que la tenía en gran estima.
—Creo que ya estamos todos, Daniel. Si te parece bien, podemos pasar al comedor —sugirió Paloma. No le gustaba que otras acaparasen la atención del jefe.
—Cuando queráis —aceptó.
Paloma, colgada del brazo de Daniel, le lanzó a Mara una mirada aviesa con la que quiso advertirle que no se le ocurriera cazar en su coto privado.
«Descuida, guapa, todo para ti. Aunque te vas a llevar una sorpresita», se regodeó Mara y, con una sonrisa, imaginó el momento en el que Paloma descubría que sus esfuerzos por seducirlo no iban a tener éxito.
La cena transcurrió de forma distendida, teniendo en cuenta que la mayoría estaban bastante inquietos por la presencia de Daniel y por lo que representaba para su futuro.
Mara se colocó lo más alejada posible de él. Ese hombre la perturbaba, y no solo porque sabía que en sus manos estaba que conservase o no su trabajo.
Tras los postres llegó el momento del «amigo invisible», que siempre había sido uno de los más divertidos de la velada por las bromas que se gastaban y el ingenio que demostraban algunos en los regalos elegidos.
Cuando Daniel abrió el suyo, su rostro mostró un gesto de sorpresa y miró a Mara. Ella se quedó desconcertada cuando sacó el tanga de leopardo. ¿Pero cómo era posible? ¿Qué hacía el regalo de Marcos allí? ¿Se había confundido de paquete o la dependienta al envolverlo? «Tierra, trágame», pidió con fervor. Ahora sí que no se salvaba del despido.
Daniel contempló la prenda durante unos segundos, en los que todos se miraron entre un silencio sepulcral, preguntándose quién había sido tan estúpido de gastarle esa bromita al director. Pero a él no pareció disgustarle porque soltó una carcajada.
—Agradezco a mi amigo invisible el regalo. Siempre había querido tener uno así. Con él puesto me voy a sentir como el Rey de la selva —se mofó.
Todos respiraron con alivio y rieron la ironía; menos Mara, que bajó la cabeza abochornada.
—¿A quién se le habrá ocurrido regalarle eso? Debe de estar mal de la cabeza —comentó Dori, una de las secretarias que estaba sentada a su lado.
—Sí. Ha sido poco acertado, la verdad —respondió. No quería que sospecharan que había sido ella.
La cena se prolongó un rato más. Al terminar, algunos decidieron continuar de copas, pero Mara rehusó. Estaba cansada y deseando marcharse a casa para rumiar su desazón a solas.
Ya en la calle, se despidió de los compañeros y se dirigió hacia una parada de taxis cercana. Cuando estaba llegando advirtió que alguien se acercaba.
—¿Vas a tomar un taxi? —le preguntó Daniel.
—Sí. No he traído coche.
—Si quieres, te acerco a casa. Tengo estacionado el mío unos metros más adelante —propuso él.
—No te molestes.
—No es molestia, créeme; y así podremos charlar un rato.
 Mara se alarmó. Iba a hablarle de su despido que, con lo ocurrido, sería fulminante. Pues bien, si se trataba de eso, cuanto antes lo supiera mejor; así se evitaría días de incertidumbre.
Una vez dentro del coche, Daniel dijo con aquella media sonrisa cínica que no había abandonado su boca en toda la noche:
—Gracias por el regalo. Ha sido toda una sorpresa. Pero dime, ¿intentaste convencerme de que era para el novio de tu vecina porque me reconociste o porque te avergonzaba comprar algo así?
—¡No tenía ni idea! Imaginé que eras un dependiente. En cuanto al regalo, es obvio que he confundido los paquetes. Sonia, mi vecina, tiene la pluma que te compré. ¡Qué desilusión se habrá llevado la pobre! Te agradecería que me lo devolvieras para hacer el cambio.
—Creo que me lo quedaré. Será una nueva experiencia. Ya te contaré cómo me sienta —y soltó una risita.
—Como quieras —ella también rió. Se encontraba a gusto con él.
En pocos minutos llegaron a la casa de Mara. Daniel aparcó y se bajó para abrirle la puerta, acompañándola hasta el portal.
—Buenas noches. Que pases un buen fin de semana —se despidió Daniel, y le dio un beso en cada mejilla.
—Hasta el lunes —apenas atinó a decir Mara pues el gesto la había pillado desprevenida.

El lunes comenzaron los turnos de entrevistas personales con el nuevo director. Todos salían del despacho con gesto de preocupación excepto Paloma, que se la veía eufórica.
—Es un hombre encantador y muy inteligente. Sabe reconocer quién es prescindible y quién no —aseguraba, dando a entender más de lo que decía.
Mara, que fue una de las últimas en entrar, se esperaba lo peor. 
—Tu currículum es admirable y la labor profesional que has desarrollado en estos meses lo corrobora —dijo Daniel—. El problema es que el departamento jurídico está saturado y puede que tengamos que aligerarlo un poco para asumir las nuevas incorporaciones una vez que se haga efectiva la fusión. 
A Mara la dominó el pesimismo. Seguro que a ella le tocaba la peor parte. ¡Asco de vida!
—Comprendo. ¿Para cuándo se tomará la decisión?
—La decisión está tomada hace tiempo.
Esa respuesta dejó atónita a Mara. Cuando se repuso, preguntó:
—¿Po… podrías decirme si yo estoy entre las personas que vais a despedir?
—Lo siento, no puedo adelantar esa información. Lo iremos comunicando en los próximos días —se mantuvo firme.
«¡Será sádico! Si lo sabe, ¿por qué mantenerme con la incertidumbre?», gruñó en silencio. No querría que los empleados bajasen el rendimiento al conocer su destino, imaginó.
—Por cierto, ¿me harías un favor?
—¿Cuál? —preguntó resignada. Tampoco era cuestión de mostrarse resentida con él, que no habría intervenido en la decisión y solo estaba cumpliendo órdenes.
—Como acabo de trasladarme y no conozco la ciudad, ¿podrías indicarme buenos sitios para comer?; o mejor, ¿qué tal si me acompañas? —propuso animoso.
—No sé…
—Te lo agradecería. Estoy un poco perdido.
A Mara le convenció su mirada suplicante y el gesto de desamparo.
—De acuerdo.
—¡Genial! —Daniel miró su reloj de pulsera y calculó—: En media hora nos vamos; ¿te parece bien?
—No es mi hora de salida, pero como tú eres el jefe…
—Por cierto, te agradecería que no comentases lo que te he dicho con nadie. He querido adelantártelo para que no creas que, lo que ocurra durante estos días, influirá en la resolución tomada.

A esa comida siguieron varias más, así como algunas cenas, en los días siguientes. Mara se sentía intranquila por lo que sus compañeros pudieran pensar. De hecho, había descubierto alguna mirada recelosa y cuchicheos a su paso, sobre todo instigados por Paloma que, al no haber conseguido atraer la atención de Daniel, vertía todo el veneno sobre ella.
—Está intentando asegurarse el puesto, la muy zorra —explicaba a todo el que quería oírla.
—Quién lo hubiera dicho, con lo mosquita muerta que parecía —la secundaba alguno de su camarilla.
—Y ni siquiera intenta disimularlo —opinaba otro.
 Mara callaba. ¡Si ellos supieran lo lejos que estaban de imaginar la realidad! Pero estaba obligada por una promesa; además, si él no lo había dicho, ella no iba a desvelar su inclinación sexual.
En el fondo le divertía la situación. Daniel la trataba como a una hermana pequeña, sin el menor atisbo de que sintiese otro tipo de interés. Lo malo era que ella se sentía cada día más atraída por él, lo que demostraba que se estaba volviendo loca de remate. «Con los hombres que hay en la ciudad y me tiene que gustar uno que sólo me ve como colega de marcha», se reprochaba.
Pero no lo podía evitar. Había descubierto en Daniel a una persona encantadora, divertida, inteligente y con gustos muy parecidos a los suyos con el que se llevaba de maravilla.
Una noche, dos semanas después de conocerse, y víspera de Nochebuena, Daniel la llevó a casa como otras veces, aunque en esa ocasión se demoró en el portal.
—Mara, quiero hablar contigo.
Ella se tensó. Había llegado el momento. Iba a darle la noticia de su despido y había querido suavizarlo con aquella última cena.
—Tú dirás.
—Me preguntaba si querrías salir conmigo.
—¿Cuándo?
Cuándo no, cómo.
—No entiendo. ¿Qué quieres decir?
—A salir juntos como pareja.
El gesto de genuino asombro de Mara hizo sonreír a Daniel.
—¿Quéééé…? —No podía haber oído bien—. ¡Pero si eres…!
Mara cayó en la cuenta de que lo que le pedía era que hiciese de tapadera para ocultarlo ante los demás. Hace años lo hubiese entendido, pero ahora, en el siglo XXI, lo consideraba una tontería. Ya no se estigmatizaba a los homosexuales.
—¿Gay? —terminó él la frase.
—Sí.
Daniel se acercó a ella y la acorraló contra la puerta. Le cogió la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.
—No, preciosa, no lo soy. Nunca he puesto los ojos en un hombre. Me gustan las mujeres desde bebé. En concreto, me gusta con locura la que tengo ante mí.
Mara sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Cómo que no lo eres? ¡Me lo dijiste tú mismo!
—Disculpa, pero no recuerdo haberlo afirmado en ningún momento; y tengo muy buena memoria. De lo único que puedes acusarme es de habértelo hecho creer con mi actitud.
—¿Y por qué lo hiciste, si se puede saber? —Estaba disgustada. No le agradaba que hubiese jugado con ella de esa forma.
—Me gustaste desde la primera vez que te vi en los grandes almacenes. Te reconocí como empleada de la empresa y decidí seguirte el juego al advertir que te habías formado una imagen equivocada de mí; luego me resultó más práctico no sacarte de tu error ya que me daba la oportunidad de conocerte mejor y, también, de hacerte ver que no hay que dejarse engañar por las falsas apariencias.
«Apuntando al centro, di que sí. De ahora en adelante no juzgaré a nadie tan a la ligera», admitió Mara.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó. Intentó zafarse y no pudo. Estaba atrapada, presionada entre la puerta y aquel cuerpo cálido que le estaba haciendo perder la cordura.
—Créelo. Mi intención era continuar algún tiempo, hasta que se normalice la situación en la oficina, pero ya no puedo aguantar más. Cada vez me cuesta más contener mi pasión cuando te tengo cerca. Por eso quiero saber si tú sientes, o podrías sentir en un futuro, algo parecido por mí. Si existe alguna posibilidad de llegar a algo serio entre nosotros. No soy de los que se acuesta con la primera mujer que se le cruza en el camino. Necesito que mi pareja se sienta atraída emocionalmente por mí. El sexo por el sexo no es lo mío. Necesito algo más. Llámame anticuado, pero así soy yo —y su sonrisa terminó de desarmar a Mara.
—Mira que eres raro —dijo ella entre risas.
—Cierto, ¿pero te gusto?
¿Y lo preguntaba? ¿Era tonto o qué? ¿Acaso no veía que estaba deseando demostrarle cuánto le gustaba? Le echó los brazos al cuello y se puso de puntillas para acercar su rostro al suyo.
—Ummm… no sé. Tendrías que esforzarte mucho para convencerme de que merece la pena tu propuesta —susurró sobre sus labios. Y el brillo de deseo que Daniel vio en sus ojos fue suficiente respuesta.
—¿Subimos y despejo tus dudas?
—Que sepas que voy a ponerte nota. Y soy muy exigente.
—No pararé hasta conseguir matrícula de honor, de eso puedes estar segura, preciosa.
La risa feliz de Mara fue silenciada por un beso devorador con el que se inició la primera de las muchas noches de amor que iban a compartir.


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