05 enero, 2015

REGALO DE REYES PARA MIS LECTORES



 
Este relato corto es mi regalo de Reyes para todos vosotros, queridos lectores.
Espero que lo disfrutéis.










CAPUCHINO PARA DOS

Marta lo vio entrar y dirigirse a la mesa que solía ocupar cada mañana, de lunes a viernes, desde hacía más de tres meses; tres meses y doce días, para ser exactos.
—Lo de siempre —se acercó a preguntarle.
—Sí, gracias —le respondió él, dedicándole una de esas sonrisas que tenían el poder de hacerle temblar las rodillas y acelerarle los latidos del corazón.
¿Cómo se llamaba? ¿Tendría esposa o novia?, se preguntaba ella desde el primer día, sin haber logrado reunir el suficiente valor para preguntarle.
A pesar de la gran cantidad de hombre que pasaban por aquella cafetería, no pudo evitar fijarse en él. Era apuesto, pero no más que muchos otros; también bastante serio, ya que nunca le gastaba bromas ni intentaba entablar conversación. Él sólo se sentaba, tomaba su habitual capuchino, leía el periódico que solía llevar y, al rato, se marchaba dejando una generosa propina. Y, aunque alguna vez lo había descubierto mirándola a hurtadillas, no podía decirse que le prestara mucha atención ni que se interesara por ella lo más mínimo.
No iba a hacerse tontas ilusiones, se decía constantemente Marta. Él, simplemente, acudía allí porque le quedaba cerca de su casa o del trabajo.
En cambio, ella parecía vivir para esos momentos. Se le hacía eterno el momento de su llegada y, cuando se marchaba, se recreaba en esos minutos que le había tenido cerca. Repasaba mentalmente la ropa que llevaba, la firmeza de las manos al sujetar la taza, la línea de sus labios al sonreírle, el tono grave de su voz, el brillo de su mirada…
Suspiró y se apresuró a preparar el capuchino como a él le gustaba: con mucha espuma y decorado con un velo de chocolate en polvo, en el que ella solía dibujar una estrella, un trébol, una espiral...
Ese día se volvió más atrevida y dibujó un corazón. Fue un momento de locura, pero ¡qué diablos! Ya estaba harta de sutilezas, de devorarlo con la mirada, de vivir sólo para esperar ese momento en el que entraba por la puerta sobre las diez de la mañana y la saludaba con una inclinación de cabeza.
—Hoy invita la casa. Es un premio a la fidelidad —y dejó la taza sobre la mesa.
—Gracias. Pero ¿a qué se refiere? —preguntó extrañado.
—Desde hace tres meses desayunas con nosotros. Con la cantidad de locales que hay en esta zona, es un detalle que continúes acudiendo al nuestro aunque sea el más cercano a tu trabajo.
Jaime sonrió enigmáticamente. Si ella supiera que, desde que entró allí la primera vez por pura casualidad, atravesaba la ciudad sólo para verla.
—Es el mejor capuchino que he probado, y el mejor decorado también; lo que es de agradecer —señaló el trazo en la espuma y le dirigió una pícara sonrisa.
—Me alegro que te guste —le contestó, avergonzada por su atrevimiento, y fue a marcharse.
Él la detuvo sujetándola por un brazo.
—¿Me dejas que te haga un dibujo?
—¿Eres pintor?
—Diseñador gráfico, en realidad; aunque no se me da mal el dibujo artístico.
Él sacó un cuaderno y unos lápices de la mochila y comenzó a trazar líneas en una hoja en blanco.
Marta se sentó a su lado y lo observó maravillada. El lápiz se deslizaba veloz por la superficie. Lo que no sabía era que él apenas necesitaba mirarla para recrearla en el folio. Sabía de memoria cada línea de su rostro, cada plano, cada concavidad...
Tras pocos minutos, él le mostró el dibujo. Marta se sorprendió del resultado. Había plasmado su rostro de manera precisa.
—Es sólo un bosquejo. Si quieres, nos vemos algún día y te hago un retrato en condiciones.
A Marta el corazón le dio un vuelco. ¡Sí!
—Encantada. Libro los sábados por la tarde y los domingos todo el día.
—Estupendo. Mañana es sábado; si no tienes ningún compromiso, podíamos quedar por la tarde. Por cierto, Marta; me llamo Jaime.
Jaime. Hasta el nombre le gustaba. Marta le escribió su número de teléfono en una servilleta de papel y se la dio.
—No tengo compromisos. Llámame para quedar.
—Lo haré —dijo él guardándosela.— Debo volver al trabajo. Gracias por el capuchino; hoy estaba especialmente delicioso.  
Marta rió divertida ante el guiño que le dedicó y regresó a la barra. Cuando fue a limpiar la mesa que Jaime había ocupado, encontró una servilleta en la que él había dibujado una taza con dos corazones entrelazados y unas palabras escritas:
“Los próximos capuchinos espero que sean para dos”
 

  © Amber Lake. Todos los derechos reservados.



6 comentarios:

PILI DORIA dijo...

No conocía a Amber Lake, pero he leído el relato y me ha encantado.Otra escritora a tener en cuenta y mi lista de libros que quiero leer sigue creciendo...

gemma pou calderon dijo...

Que bonitoooooo!!!!

Belén dijo...

Me ha gustado mucho, gracias por el detalle.

AMBER LAKE dijo...

Muchas gracias, Pili. En la sección de Poemas y Relatos de este blog tienes más lecturas. Espero que las disfrutes también.Un beso

AMBER LAKE dijo...

Gracias, Gemma; me alegra mucho que te haya gustado. Si quieres leer algo más,en la sección de Poemas y Relatos encontrarás otras lecturas gratuítas. Un abrazo

AMBER LAKE dijo...

De nada, Belén; ha sido un placer hacerle este regalo a mis lectores que tanto me dan ellos a mí. Un besazo