14 febrero, 2013

¡¡FELIZ SAN VALENTÍN!!



Para celebrar este día tan señalado para los enamorados, os dejo un relato corto que ya fue publicado en el Especial San Valentín de 2010 de la revista Romantica´S.
Espero que os guste.




UNA TARJETA POR SAN VALENTÍN



“Papelería Marlow. Tarjetas de regalo por encargo. Se escriben cartas de amor, condolencia, presentación… Precios económicos”

Horace Rathbone leyó el letrero colocado encima de la puerta y, con gesto resuelto, entró en el pequeño comercio. Cuanto antes acabase con aquel asunto, antes podría marcharse de allí, se dijo irritado.

Constance, que se hallaba en la trastienda sentada ante su mesa de trabajo, levantó la cabeza al oír el tintineo de la campanilla en la puerta y se apresuró a acudir. Cuando traspasó la tupida cortina que separaba los dos recintos, distinguió una alta figura masculina que se entretenía curioseando en los estantes.

Horace se giró y Constance no pudo evitar un ligero sobresalto de admiración ante la bella estampa que presentaba el recién llegado: alto, de anchas espaldas, elegantemente vestido y con un atractivo rostro. Un caballero de los que raramente acudían a su modesto establecimiento, frecuentado principalmente por personas que no sabían escribir. Ese cliente, en cambio, tenía el aspecto de haberse educado en los mejores colegios.

-¿En qué puedo ayudarle, señor? –preguntó amablemente, ajustándose las gafas a la nariz con gesto nervioso. Le costaba un singular esfuerzo permanecer serena sin que su rostro y su voz revelasen la impresión que le había causado. No era su natural forma de proceder. Incluso resultaba ridículo a su edad comportarse de esa forma ante un hombre apuesto, pero aquél de alguna manera le había impactado más de lo habitual.

Horace, claramente incómodo, volvió a preguntarse qué hacía allí. Él nunca había sido un hombre dado a gestos románticos y no iba a cambiar a sus treinta y dos años, pero su tía Margaret consideraba que, según la tradición, en San Valentín era obligado regalar a la persona amada un ramo de rosas y una postal dedicada. Así que lo había enviado a aquel lugar, en el que se vendían las más bellas tarjetas dedicadas de todo Londres. Y, aún a costa de hacer el ridículo más espantoso, estaba dispuesto a conseguir una.

-Quisiera adquirir una tarjeta para regalar.

-¿De qué tipo la desea, señor? Cumpleaños, aniversario,…

-Es para San Valentín –confesó reticente y en voz algo más baja de la empleada hasta ese momento.

Constance sonrió interiormente. Conocía esa actitud. Los hombres solían considerar una trivialidad impropia de su género regalar postales en día tan señalado y, sobre todo, escribir unos versos que la acompañasen; y el que tenía delante parecía sentirse especialmente molesto por ello. Lástima que fuese tan serio y no apreciase adecuadamente la belleza que un gesto como ese podía encerrar.

-Por supuesto, se acerca el día –comentó con una media sonrisa que a Horace no le pasó desapercibida.- Le mostraré algunos modelos para que pueda elegir. Si no le agrada ninguno, podemos confeccionarle una bonita postal a su gusto.

Constance fue cogiendo de los estantes varias tarjetas y colocándolas sobre el mostrador con sumo cuidado. Todas eran diferentes, alguna sencillas, otras más elaboradas, pero todas primorosamente pintadas a mano con un exquisito gusto. Se sentía muy orgullosa de ellas. Se trataba de pequeñas obras de arte que tenían mucha aceptación entre el público, como así lo demostraban las numerosas ventas.

Horace las miró, sorprendiéndose de la exquisita elegancia de las misma. Ninguna de ellas representaba a esos ridículos angelitos regordetes y medio desnudos que temía encontrar. Con problemas para decidirse por alguna en particular, eligió una al azar.

-Me llevaré ésta.

-Tiene muy buen gusto, señor; es de las más elegantes. Como podrá ver, tienen un amplio espacio en blanco para que pueda escribir unos bonitos versos a su enamorada.

Horace sintió que se acaloraba y carraspeó para aclararse la garganta.

-Me han indicado que también escriben las dedicatorias ––respondió con semblante serio, que pretendía ocultar su intensa mortificación. No le resultaba agradable reconocer ante una mujer, aunque fuese una simple dependienta y poco atractiva por cierto, que era un total inepto incapaz de hilvanar dos palabras seguidas con el más mínimo sentido poético. Pero él era un soldado y no un maldito poeta; no tenía que saber escribir versos.

-Cierto, señor. Si me indica el nombre de la dama y algún rasgo de ella que le agradaría destacar, añadiremos una adecuada y bella dedicatoria.

-Gracias, señorita. La dama se llama Fiona y es… es…

Horace se sintió algo desconcertado. No atinaba a destacar nada en ella que le llamase especialmente la atención. Era alta, morena, bastante hermosa según opinión general, aunque tal vez de una belleza demasiado fría, como los bustos clásicos que se podían encontrar en los museos. Lo que no sabría decir era de qué color tenía exactamente los ojos, o la forma de su boca. Tampoco podía destacar nada de su personalidad, y esto era lo más preocupante ya que se trataba de la mujer que, probablemente, se convertiría en su esposa. Era seria, callada, y sabía servir el té de forma primorosa pero, en las contadas ocasiones en las que se habían visto, apenas se dijeron algo más que las típicas frases de conveniencia

-…es bella y… y

Constance lo miró consternada. Un hombre que no sabía describir a la mujer que amaba era digno de tener lástima; y, a ella, mucho más. Apiadándose de su apuro, decidió ayudarle.

-Con eso será suficiente, señor. Esta misma tarde podrá pasarse por ella. Si me indica su nombre, lo incluiré en la dedicatoria. ¿O desea que sea anónima?

-Sí, por supuesto.

Horace le dio su nombre, pagó el importe y le informó de que esa tarde mandaría a un sirviente a recogerla; tras lo cual, salió de la tienda apresuradamente. Había dado una patética imagen, lo que le hizo reflexionar. ¿Deseaba realmente casarse con Fiona o debería conocerla mejor antes de pedirle formalmente matrimonio?

Cuando tres meses antes regresó al país tras una estancia de cuatro años sirviendo con su regimiento en la India, consideró la conveniencia de buscar una esposa y formar una familia; algo a lo que su tía Margaret se dedicó con empeñó, comenzando a presentarle futuras candidatas. Entre ellas, Horace eligió a Fiona, tal vez para acabar con lo que se estaba convirtiendo en un suplicio. Ahora comenzaba a plantearse si no se había precipitado en la elección.

***

-Debes asistir, Constance. Lady Osmond es, aunque lejana, nuestra única familia en Londres y también una de nuestras clientas más importante. No podemos desairarla de esa forma, sería imperdonable. Nos hace un gran honor invitándonos, ya lo sabes. Tal vez este año tengas más suerte que en los dos anteriores y algún importante caballero se fije en ti. ¡Tu padre estaría tan feliz si eso ocurriera!

Constance puso los ojos en blanco. Su madre siempre tan dada a fantasear.

-Madre, sabes que eso es muy improbable ¿Crees que los caballeros importantes van a fijarse en alguien con mi edad y aspecto?, por no mencionar que tampoco tengo una importante dote que ofrecer. Además, no necesito un esposo si en esas estamos. Me gusta la vida que llevo y el trabajo que hago; y, por si no lo has notado, nos permite mantenernos con desahogo.

-¿Pero qué dices, criatura? ¡Sólo tienes veinticuatro años, aún puedes encontrar un esposo adecuado! Toda mujer necesita un hombre que la respalde. Al faltar tu padre, estamos desamparadas.

Constance bufó poco elegantemente. Su madre tenía unas ideas demasiado arcaicas.

–¡Por favor, estamos en 1858! Muchas mujeres viven solas, independientes. Incluso hay una en el trono; y lo está haciendo muy bien, por cierto. Ya no necesitamos a los hombres para que nos respalden, como tú dices; podemos valernos por nosotras mismas.

-La Reina cuenta con el apoyo de su marido, sin el que no podría llevar esa gran carga. No concibas ideas absurdas, hija. Una mujer necesita un hombre que la sostenga y proteja.

Constance dejó de discutir con su madre, nunca la convencería. Pero tenía razón. No podía rechazar la invitación al baile de san Valentín que, como todos los años, organizaba lady Osmond aunque en esta ocasión tuviese que acudir sola, ya que su madre no se había repuesto totalmente de su dolencia. Presentía que este año se aburriría más que en los anteriores.

***

El día señalado, Constance se presentó en la residencia de los Osmond. Al entrar le sorprendió la gran cantidad de gente que la ocupaba. Siempre había sido un baile con mucho éxito, pero ese año superaba las expectativas de los felices anfitriones que, en el centro del enorme vestíbulo, sonreían orgullosos ante la gran afluencia de concurrentes.

-Lord y lady Osmond, les estoy sumamente agradecida por la invitación –mintió con la más agradable de sus sonrisas.- Mi madre les ruega que la disculpen. Se encuentra aún convaleciente.

-Constance, querida, me alegra que estés aquí. Siento mucho que mi querida Violet no pueda acompañarnos esta noche. Espero que mejore lo antes posible.

-Gracias, lady Osmond. Le transmitiré sus deseos de una pronta recuperación.

Constance dejó a los anfitriones y se adentró en el salón de baile saludando a los pocos conocidos. No se sentía cómoda allí, nunca lo había estado. Demasiada gente y con demasiadas ganas de chismorreo, pensó; por no hablar de los insufribles libertinos, los únicos que le prestaban atención, y a los que procuraba evitar siempre que tenía ocasión.


Horace entró en el salón de baile con aire taciturno. Acaba de dejar a Fiona en su casa, después de haber asistido a una soporífera velada musical, y le había manifestado su intención de no volver a frecuentar su compañía. Lo que más le sorprendió fue la serenidad con la que ella había aceptado su decisión y el alivio que le pareció advertir en su rostro. Aún así, lo que menos le apetecía ahora era acudir a aquel bullicioso baile. Pero le había prometido a su tía que iba a pasarse por allí y él siempre cumplía sus promesas. Al menos, concebía la esperanza de poder retirarse discretamente a la sala de juegos y participar en alguna buena partida de cartas que le hiciese más llevadera la velada.

-Querido, al fin has llegado. Ya pensaba que no ibas a venir. ¿No te acompaña Fiona?

La voz de lady Osmond lo sorprendió cuando salía furtivamente del salón.

-No, tía. Sabes que a ella no le agradan estos bailes; al igual que a mí –puntualizó con bastante mordacidad, cosa que ella decidió pasar por alto.

-Vamos, vamos, seguro que te apetece bailar con alguna agradable joven. Es más, hay una a la que quiero presentarte. Se trata de una pariente lejana a la que no conoces. Aunque es posible que hayas llegado a conocerla –observó la dama con acento enigmático.

-Tenía pensado echar unas manos a las cartas –aventuró Horace con poca firmeza, confiando en que desistiera de su empeño. No deseaba que le presentase a más candidatas; ya buscaría él mismo la esposa adecuada.

-Después, querido; ahora tienes que acompañarme.

Resignado, Horace se dejó arrastrar por su tía como un reo al patíbulo.


Constance llevaba casi dos horas allí y consideraba que era suficiente. “Esperaré unos minutos más y me despediré de la anfitriona. Creo que por este año ya he cumplido”, se prometió optimista. Había bailado en dos ocasiones, ambas con caballeros maduros que intentaron manosearla y que desaparecieron rápidamente tras comprobar que sus atenciones no eran bien recibidas; algo que Constance agradeció sobremanera. El resto de la velada lo había pasado sentada en una incómoda silla, oyendo los cotilleos de las matronas y las veladas indirectas hacia su condición de solterona; por lo que, decidida a tener unos minutos de tranquilidad hasta que llegara la hora de marcharse, se había retirado a un tranquilo y solitario rincón en el que esperaba pasar desapercibida.

“¡Oh, Dios!, no puedo creer que tenga tan mala suerte”, se dijo al ver acercarse a lady Osmond. “¡Y me trae otro acompañante!”, exclamó para sí al observar que venía con un caballero del brazo. Se sintió mortificada. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente educada? Si se hubiese marchado hacía rato…

-Constance, querida, ¿mira quién quiere conocerte? –dijo la dama con alegre voz.- Te presento a Horace Rathbone, hijo de mi malogrado hermano Justin.

Ella reparó por primera vez en el rostro del hombre y sintió un pequeño aleteo en el estómago. ¡Se trataba del caballero que había estado en su tienda una semana antes para comprar una tarjeta de San Valentín!

Se sintió algo turbada por la sorpresa. Frente a ella se encontraba el hombre que había plagado de tórridas escenas sus sueños de los últimos días.

-Horace, esta joven es Constance, hija de Simon Marlow, mi querido primo segundo, también fallecido. Es una gran artista, y propietaria de un negocio de papelería; precisamente al que te recomendé que acudieses para adquirir una de las preciosas tarjetas que realiza –añadió con manifiesto orgullo y un toque de picardía.- ¿La recuerdas?

Horace la miró detenidamente. Cierto, se trataba de la misma joven, aunque estaba bastante cambiada y mucho más bonita. Ya no llevaba aquellos antiestéticos anteojos, ni el tirante moño que tan poco le favorecía. También había cambiado el sobrio vestido por otro más favorecedor, que dejaba parte de su bonito escote al descubierto.

-Es un placer, señorita –dijo Horace, inclinándose respetuosamente y besando la mano que ella le ofrecía.- Claro que la recuerdo. Sus postales son realmente bellas.

Constance se sintió profundamente turbada ante el leve contacto y las amables palabras.

-Gracias, señor Rathbone. Espero que le haya gustado a su prometida.

-Mucho, señorita Marlow. Y la dedicatoria le ha parecido magnífica –mintió no sin cierto rubor. En realidad no había llegado a dársela. Una vez que decidió no continuar con el galanteo, consideró inapropiado ofrecerle un regalo tan comprometedor.

Constance sonrió orgullosa. Siempre era agradable que reconocieran su talento.

-Vamos, queridos, que sois parientes; concretamente primos en tercer grado. Creo que deberíais trataros con algo más de familiaridad –pidió.- Y ahora, a bailar. Es un crimen dejar pasar el precioso vals que están tocando –los animó con una sonrisa bonachona.

-¿Me hace el honor, señorita… Constance? –se sintió obligado a proponer. Lo cierto era que no le desagradaba en modo alguno la dulce y tímida joven. Recordaba su amabilidad y consideración de días antes.

Constance aceptó el brazo que le ofrecía y ambos se unieron al grupo de bailarines que ocupaban el centro del salón.

-Debo admitir que, si mi tía no me lo hubiese indicado, no te habría reconocido. Estás muy cambiada… para mejor, claro –confesó a modo de disculpa. Se sentía más torpe de lo habitual ante ella, que era capaz de escribir tan bellas palabras como las plasmadas en la tarjeta que llevaba en el bolsillo. Él nunca había sabido decir frases bonitas a una mujer.

-El otro día me viste con el uniforme de trabajo, podríamos decir.

-¿Es tu medio de vida o lo haces simplemente por afición?

-Es una importante ayuda. A la muerte de mi padre, mi madre y yo descubrimos que sólo teníamos una pequeña renta que no nos mantendría indefinidamente. Decidimos vender la casita que teníamos en el campo y comprar el negocio y el piso encima de él. Siempre me gustó pintar y no se me dan mal las palabras, por lo que considero que es más un placer que un trabajo.

Horace la escuchaba claramente impresionado. La calidez de su sonrisa y el brillo entusiasmado de sus bonitos ojos claros lo cautivaron. ¡Qué diferente de la fría y seria Fiona!

El vals terminó y ambos regresaron al lugar que Constance ocupaba.

-¿Quieres que te traiga algo de beber? –ofreció galantemente.

-Gracias, pero ya he tomado suficiente ponche por esta noche. Además, creo que es hora de retirarme.

-En ese caso, te acompañaré. Tengo el carruaje esperando.

-No puedo permitir que abandones el baile por mí, Horace.

-Te confieso que yo también estoy deseando marcharme. Acompañándote, tengo la excusa perfecta para no herir los sentimientos de mi tía –reconoció con sinceridad, guardándose para él la causa principal de su ofrecimiento: deseaba continuar en su compañía.

Constance le sonrió y aceptó encantada.

Buscaron a los anfitriones y se despidieron de ellos. Lady Osmond los observó marchar con una sonrisa satisfecha.

-Me da la impresión de que en esta ocasión le he presentado a la joven adecuada, ¿no estás de acuerdo, Rupert? Creo que no estaría mal comenzar a preparar la boda –dijo a su marido, que asintió convencido.

-Tú siempre consigues lo que te propones, querida –respondió mirándola con adoración.

En el trayecto hasta la casa de Constance, se contaron sus vidas. También sus ilusiones y esperanzas de futuro. La intimidad y semipenumbra del pequeño recinto alentaba a esa clase de confidencias. Horace descubrió a una mujer inteligente, fuerte y luchadora, a la vez que adorablemente seductora, y él le dejó entrever su carácter tierno y generoso y su gran necesidad de cariño y compañía.

Cuando el carruaje se detuvo en la puerta de la pequeña papelería que pisara una semana antes, Horace ya había decidido que ella sería su esposa. Ahora faltaba convencerla de que él era el hombre que estaba esperando.

-Tengo que confesarte algo –dijo antes de que ella introdujese la llave en la cerradura.

Constance lo miró intrigada.

-No le he regalado la tarjeta a Fiona. Y no lo he hecho porque un objeto como éste -extrajo la tarjeta del bolsillo y se la mostró- sólo se puede entregar a la persona que realmente se ama. Yo no la amo y así se lo he revelado.

Constance permaneció en silencio, mirándolo con un brillo de grata sorpresa en los ojos y expectación en el rostro.

Él se inclinó y posó sus labios en la tibia boca, que lo recibió gustosa, devolviéndole la pasión que él imprimía a aquel beso, el primero de los muchos que esperaban compartir a lo largo de sus vidas.

Y allí permanecieron durante largos minutos, entregados a las delicias del amor recién encontrado.



© Amber Lake